ambition

De niño le gustaban los mapas. Cogía uno y comenzaba a leer meticulosamente los nombres de las ciudades que en ellos aparecían. Los memorizaba. Asociaba países y ciudades con una facilidad pasmosa. Al principio sorprendía a sus profesores o a su familia, pues sabía dónde se encontraban Helsinki, Chicago, Donetsk, Quito o Dakar con escrupulosa exactitud y una edad en la que siquiera sabía multiplicar o dividir.

Más adelante su enfermizo estudio de los lugares fue aumentando. Algunos lo creían loco, otros lo admiraban, y quienes lo conocían parecían acostumbrados. Sabía que en Turquía existía una ciudad llamaba Batman, o que en Ghana había una pequeña localidad costera llamada Beahun, cerca de Takoradi. Tenía un perfecto mapa de todo el mundo metido en el cerebro. De él llegaron a decir que sabría decir todas las ciudades, localidades, montañas, lagos y ríos desde Seattle hasta Shangai y desde Reykjavic hasta Cape Town.

En su mente, sin embargo, había mucho más que un perfecto mapa del mundo. Había un sueño. Quería conocer in situ todos aquellos lugares, aquellos lagos, aquellas montañas. Quería coger su mochila, montarse en su coche y huir. Conocer, disfrutar, poner cara a todos aquellos nombres. Se sentía frustrado, pues su labor era imposible. Jamás podía conocer todo aquello, su cabeza tenía demasiada información.

Un día decidió cumplir su sueño, llenó su vieja maleta de cuero y emprendió el que en su opinión sería el viaje de su vida. Por fin conocería aquellos lugares. Llegaría hasta los últimos confines del mundo, no descansaría. Intentaría cubrir el máximo posible de La Tierra y lucharía por llegar al máximo, sería el hombre con más mundo de la historia de la humanidad. Daría el máximo por conseguirlo, sabe Dios que lo haría. Nervioso y ilusionado, montó en el coche, puso la radio, respiró, miró por última vez su casa, y pisó el acelerador. Llevaba tiempo sin salir de casa, pues para no faltar a la verdad, había pasado los últimos meses perfeccionando su sabiduría, entre mapas y libros de viajes… ni siquiera recordaba bien como funcionaba el coche!

Estaba eufórico, cerca de abandonar el pueblo en el que nació y creció, en el que aprendió todo lo que sabía. Por fin. Por fin cumpliría su sueño. Iba pensando en todo aquello cuando de repente, un zorro cruzó la carretera. Rápido, de pelaje castaño, y con unos ojos que el mismo Diablo hubiera querido para sí mismo, le miro amenazante, en aquel nanosegundo en el que tardó en cruzar la carretera. Aquello bastó para que nuestro amigo pisara el freno y accionara sin siquiera ser consciente el freno de mano. Las ruedas se bloquearon y las ruedas derraparon en cinco segundos que parecieron la eternidad. La dirección del coche fue sin control a chocar contra un muro frío, gris y macabro, de unos tres metros de alto, y empapelado de anuncios publicitarios en el que se ofrecían puestos de trabajo, espectáculos de música o prostitutas. El impacto fue mortal y nuestro viajero murió sin siquiera escapar de aquel pequeño pueblo en el que transcurrió la totalidad de su vida.

Y es que así son las cosas, a veces nuestras metas son tan altas, son tan ambiciosas, que olvidamos que lo primero que debemos de hacer es accionar el pomo que servirá para abrir la primera de las puertas.

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