Robos

noviembre 19, 2009

Tras dar unos cuantos paseos por la ciudad, decidimos sentamos en una terraza. El sol pegaba fuerte. Era verano.

Un gintonic y un café. El café era para mi.

– Quiero comprarme un pez. Uno de esos de colores. Y una pecera donde pueda vivir.

– Te pega más un pajarillo.

– No, no me gustan las aves. Quiero un pez. Un pez que me recuerde a una compañera de clase que tiene cara de pez y al que pueda contarle mis preocupaciones. Además las aves huelen mal.

– Pero para qué quieres un pez?

– Necesito un ser vivo que sustituya a Godzilla.

– Qué coño dices? Godzilla? Quién es Godzilla?

– Godzilla es mi sapo. Lo echo de menos y por eso quiero un pez.

-No me jodas, no me digas que tienes una mascota llamada Godzilla. Espera, espera, tienes un puto sapo?

– En mi casa vive un sapo. No soy su dueña, técnicamente, pero tenemos una conexión especial, y siempre sale por las noches. Vive en algún recóndito escondrijo detrás de la regadera. Un día que cenábamos en la terraza simplemente, apareció. Mi madre gritó y gritó y sacó la escoba. Me obligo a matarlo. Yo, fingí hacerlo, pero en vez de matarlo, le di una hojita de lechuga. Me enamoré de él.

– Esto es en serio? Me dices todo esto de verdad?

– Totalmente.

– Me fascinas.

– Lo sé. Desde aquel día Godzilla siempre viene a visitarme, a eso de las 11 de la noche. Aunque en noviembre ya no suele venir tan a menudo, pero en verano no falla. Siempre aparece y mi madre dice: “Qué es ese ruido?”, a lo que yo respondo: “el aspersor del vecino”. Pero en realidad no es el aspersor del vecino, es Godzilla. Y ahora le echo de menos.

– Hace tiempo un amigo me contó una historia parecida. En realidad no es parecida, ni siquiera tiene nada que ver, pero su protagonista es también una mascota.

– Cuéntamela.

– Quizá no te guste, es dura y cruel.

– No me importa, todo es duro y cruel. Siempre.

– Tienes razón. Mi amigo tenía un hámster a modo de mascota. El roedor le hacía compañía cuando era niño y al crecer seguía teniendo simpatía por él. Sin embargo, veía que se aburría, y en honor a la verdad, mi amigo me reconoció que él también se aburría con el hamster, ya que no hacía nada. Le compró una pelota en una tienda de mascotas, pero el hámster no hacía nada con ella. También probó con uno de esos tubitos por los que se supone que los hámsters juegan, pero el roedor seguía sin hacer caso omiso.

– Yo tampoco jugaría metiéndome por los tubos de colores si los humanos tuviéramos dueño y el mío me pusiera uno en el cuarto.

– La verdad es que yo tampoco. El caso es que mi amigo finalmente decidió construirle una casita de cartón. La hizo, y se la metió en la jaula al hámster. Al verla, el hámster se la comió. El día siguiente, Yorke, pues así se llamaba el hámster, estaba muerto.

– Me parece una historia magistral. Brillante. Me encanta. Es la vida contada a través de la historia de un hámster. No crees?

Apuramos lo poco que quedaba de nuestra bebida y nos marchamos de aquella terraza. Aquella chica era extraña pero me agradaba haberla conocido.


CREATIVIDAD (inspiración)

noviembre 18, 2009

No me queda de eso, creo.

Hasta otra.