Era mejor no pensar en la noche anterior. Siempre hacía lo mismo. Accionaba el botón de suprimir de mi cerebro y los recuerdos desaparecían. La noche anterior nunca había existido. No al menos para mi.
La habitación olía fatal. El hedor fruto de sudor, restos de alcohol y de diferentes drogas era algo que detestaba. Pero no importaba, el dolor de cabeza era tan intenso que hacía que el olor fuera incluso imperceptible para mi. Iba a reventarme el cerebro. Sentía como cada vez que el corazón bombeaba la sangre que me mantenía vivo el sonido de los latidos retumbaba en mi cabeza.
Me levanté de la cama, y me decidí dirigirme al baño. Me mareé. La habitación me daba vueltas. Llegué al baño y en vez de mear, vomité.
El tiempo nunca corría para mi, pero sí para otros, así que decidí ducharme, vestirme y salir a la calle.
El viento me zarandeaba mientras andaba por las calles de la ciudad como si fuera una bolsa de papel. Sin embargo estaba recuperándome, siempre me pasaba igual. La calle ejercía de bálsamo para mi.
La ciudad me encantaba. Muchísima gente yendo de un lado para otro sin cesar. Bullicio y actividad por doquier. Sin embargo yo era diferente a la mayoría, no me limitaba a ir del punto A al punto B sin pensar en otra cosa que en llegar al destino. Me entretenía mirando a la gente, disfrutando de la ciudad, de su arquitectura y de sus múltiples opciones para disfrutar de la vida.
Sin embargo aquella mañana tenía quehaceres, así que era una oveja del rebaño más.
Al llegar a mi destino, me asaltaron miles de dudas. ¿Qué debía de hacer? ¿Por qué iba allí? Toqué la puerta.
Me abrió y sonreí. Ella también sonrió. Entré y comenzamos a conversar. En realidad estaba allí porque había querido, pero no me sentía para nada cómodo. Conforme la conversación avanzaba, la cabeza me dolía más y más. Me tomé una copa y seguí conversando. De repente, y sin motivo aparente, sentí que aquel no era mi sitio, que tenía que marcharme. Odiaba a esa zorra.
Le pedí disculpas y me inventé una llamada inesperada. Mi madre en el hospital. Cogí mis cosas y salí corriendo. Al cerrar la puerta tras de mi, comencé a correr. Huía, una vez más. El camino a casa se me hizo eterno. La gente con la que me cruzaba me miraba de manera extraña. Para mi sus rostros eran irreconocibles. Solo quería correr.
Llegué a casa. Entré, me desnudé y me metí en la cama.
Siempre fui un cobarde.
Octubre 6, 2009 a las 2:19 pm |
¿?
Octubre 6, 2009 a las 3:21 pm |
CAOS
Octubre 9, 2009 a las 8:21 am |
Me encantan tus relatos. (Hala ere, falta baten bat badago…)
Octubre 10, 2009 a las 11:50 pm |
Ux, que faltas? No la veo!
Octubre 12, 2009 a las 12:03 pm |
Como, mi, mi, mi, mi…
Octubre 18, 2009 a las 3:05 pm |
correr siempre ha sido de cobardes